Además de los múltiples efectos físicos e higiénicos que provoca, la incontinencia urinaria puede ser fuente de numerosos trastornos psicológicos y sociales que afectan de igual manera la calidad de vida de la persona que padece esta condición. La pérdida de la autoestima, la inseguridad y los elevados niveles de depresión que surgen de esta problemática repercute sobre la rutina diaria de la persona incontinente en varios aspectos.
La estética es uno de ellos: con los percances higiénicos la sensación de suciedad aumenta y el individuo siente que su atractivo físico disminuye. A esto se suma la necesidad de usar una indumentaria que lo proteja contra los escapes de orina; vestimenta generalmente holgada y larga, pañales y ropa especial para la hora de dormir. Todo esto influye negativamente sobre la imagen que tiene de sí mismo y —en consecuencia— de la que proyecta a los demás.
La vida familiar también se ve afectada por la incontinencia. Los sentimientos de culpa, vergüenza y negación del paciente dificultan la búsqueda de ayuda, generando tensiones, falta de comunicación y peleas entre quien posee la condición y quienes buscan ayudarlo.
De la misma manera, al tiempo que se reduce su confianza, la persona comienza a retraerse y dejar de lado su vida social, por temor a tener que enfrentar situaciones vergonzosas. Su rutina habitual se limita a las tareas obligadas y cae progresivamente en el aislamiento.
Esto altera o interrumpe su vida sexual, dado que no logra relacionarse de manera íntima y satisfactoria con su pareja. A la vez, su apetito sexual se reduce, igual que la capacidad para relajarse, llevando a dificultades para alcanzar el orgasmo y a una eventual pérdida de interés en el sexo.
Es frecuente pensar que la incontinencia urinaria no tiene solución y eso hace que el paciente se frustre aún más. Lo cierto es que hay varios métodos de prevención que pueden adoptarse para controlar la incontinencia y recobrar la seguridad y la confianza. También se dispone en la actualidad de fármacos que, indicados por médicos luego de una evaluación, producen una mejoría significativa en la calidad de vida de los pacientes.
Una de ellas es adoptar ciertas medidas dietéticas que permitan evitar la formación excesiva de orina. Es importante saber que los líquidos que más la favorecen son el agua, la leche, el alcohol y las infusiones.
Lo ideal es administrar adecuadamente los horarios en que se toman: por ejemplo, beber más a la mañana y disminuir el consumo paulatinamente durante el día.
Hay que tener en cuenta, además, que hay alimentos naturalmente diuréticos, como las frutas y verduras, y que los alimentos hervidos (como así también las sopas y guisos) aportan más líquido que los asados y fritos.
Por otra parte, el control de la vejiga puede ser recuperado a través del entrenamiento de la misma. Aprender a resistir el impulso de escape de la orina contribuye a un incremento en la capacidad de la vejiga. Esto se logra realizando ejercicios que fortalezcan los músculos del piso pélvico.
Lo importante es comunicar a los pacientes con incontinencia que su condición no es irreversible y puede ser tratada, transmitiéndoles la tranquilidad necesaria para evitar que se aíslen. El apoyo de las personas que lo rodean es fundamental para que salga adelante.